Naufragando llegué a tu isla
empujado por la marea,
de sombría claridad
que ahoga el horizonte precipitado.
Flotando a la deriva,
sobre una estampida de silenciosas caracolas
que besaban el crepúsculo de tus manos
y que acarician el rumor del mar
cuando la noche lo adormece.
Mi palabra pesada
torpemente buscó la rima y el aroma,
que no encontró,
sino en la presencia angustiosa
de lo que pudo ser y no fue.
Lo que escribo
son sólo toscos sentimientos,
dibujos sobre la arena de la vida
que las olas llevan y traen
de la dicha a la desilusión
con un eterno dictamen.
Lo que escribo
es un anhelo de amor desesperado,
ese amor que nos enaltece y crucifica,
ese que nos desnuda
de nuestra humana condición
y con nuestra divina esencia nos abriga.
Son todo y son tampoco
son para ti,
para ti que lo eres todo.
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