Antes de ser mías,
mis manos surcaron el aire que respiras
cabalgando como olas sobre la superficie apasionada
del océano que te contiene.
Antes de pertenecerme,
mis manos anidaron en bandada
sobre tu piel de ámbar y amapola empinada.
Antes de hacerlas mías
mis manos fueron tuyas por principio
arrastradas por el amoroso dictamen
de tu cuerpo en tempestad desatada.
Mis manos son los ojos del alma
que en la penumbra te reconocen
y que a ciegas te intuyen
impregnadas por el aroma precipitado
de los besos que como lluvia caen
una y otra vez
sobre la flor de tu boca
que en el cielo de tu rostro
duerme abotonada.
...Entonces te contemplo,
absorto y maravillado
y atrapo con mis manos
la luz de tus ojos que arden en las sombras
como hogueras de un “no te vayas” en fuga
o como ríos de “te necesito” a quemarropa.
Que placer más perfecto
se alcanza con sólo mirarte
con sólo escuchar el metálico golpe de tu voz
replicando como campanadas en mi oído.
Y nuevamente
mis manos agitan su vuelo
con la apremiante y suave misión
de recorrer de un extremo al otro
el ancho volcánico de tu delirio.
…Pero entonces las atrapan tu boca
y tu boca las bendice, entonces,
porque ellas han logrado establecer
en el rosado fuego de tu aroma
el nuevo orden de tus sentidos!
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